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El nuevo día de la nueva madre

May 10, 2017

Ayer me habría gustado regalarle a mis amigas queridas que son madres un hermoso collar con un colgante con el diseño de un huevo de Fabergé.  Los he estado admirando desde hace un tiempo.  Me encantan, porque me hacen pensar que las madres le hacemos ganas a los hijos que Dios nos dio, como Dios nos los dio, y hasta lo hacemos con gracia y elegancia cuando podemos.  Eso es lo que más admirable me parece de la labor de ser madre: que amamos y apoyamos a nuestros hijos, como son.

Ayer pasará a los registros de mi memoria como un día muy feliz, lleno de cambios valientes.  Y ese recuerdo espero que saque de mi mente el recuerdo de hace 4 años, cuando fue un día donde era imposible para mi poner buena cara ante cambios sumamente duros, difíciles y desagradables, donde la vida no era como yo quisiera que fuera.

Amaneció este día sin grandes expectativas, más que lograr cumplir un día de cuidado completo.  Me levanté igual que siempre, desayuné a la hora de siempre, dispuesta a salir a correr después.  Tranquila, abordé mi rutina diaria: pesarme, preparar mi comida, desayunar, salir a trotar.  Y eso, aunque no lo crean, es un enorme cambio.  Antes, el día de la madre era para mí dos cosas: el día de la tristeza por no tener a la mía, y el día de tratar de hacer mi mejor esfuerzo como madre: preparando desayuno espectacular desde temprano y planificando actividades que disfrutaran mucho mis hijos.  Pero este año no.  Mi objetivo es que fuera un día normal, donde pudiera cuidarme y disfrutar con los míos de alguna manera.

En la mesa del desayuno me encontró mi hija menor, algo adormilada pues para ella, levantarse antes de las 11 en feriado es pecado.  Pero lo hizo, por mi.  Llevaba un regalo comprado con sus ahorros: una camisa deportiva, pues sabe que hacer ejercicio es ahora para mí una prioridad.  Nos abrazamos y ella quedó en salir a trotar conmigo esa mañana.  Fue entonces el turno de mi esposo, quien antes que nada, me felicitó por mis logros.  Esta figura 19 libras más liviana lo tiene entusiasmado y muy verbal al respecto, lo cual me encanta.  Me dijo que estaba orgulloso de mi.  Entonces fui yo por el regalo que tenía para mi, pues sabía donde lo había escondido.  Es una batidora preciosa y muy costosa, que en otras ocasiones habría estrenado en ese momento.  Con pena me dijo: -Perdona, soy un tonto.  No pensé que ya no estás cocinando porque te estás cuidando.- a lo que yo le dije serenamente: -Gracias, ¡me encanta!  La dejaré guardada hasta diciembre cuando empieza la temporada de galletas.  Para entonces, habré terminado mi tratamiento y disfrutaremos cocinar de nuevo.

-Papi- Dijo mi pequeña- Dale su otro regalo.

-Sí- me dijo mi esposo apenado- caí en cuenta de mi error y rectifiqué con otro regalo para ti. 

¡Wow!!! Un barreno inalámbrico.  MI corazón saltó de alegría.  Siempre quise uno, pero más importante, mi esposo se dio cuenta de que estoy reemplazando cocinar con otros hobbies que tengo, como la carpintería.  Lo nota y me apoya.  ¡Yupi!

Gusi y yo salimos a trotar.  Ella tiró la toalla rápido, pero yo seguí hasta juntar mis 7K pasos, con Emma, la perra labrador, corriendo a mi lado y la música fuerte en los audífonos.  Luego de un tiempo, Emma empezó a voltear a ver hacia atrás, y yo, enfocada, le decía: -Dale Emma, no me falles, falta poco.  Entonces alguien me tocó la espalda.  MI hijo, completamente bañado, vestido y arreglado para enfrentar su día universitario, me buscó por la casa y al no encontrarme, salió a buscarme a la calle y  se vio obligado a correr tras de mi para alcanzarme, pues no lo escuché.  Me abrazó (sudada) y me dijo que estaba orgulloso de mí.  Entonces abandoné el ejercicio y lo acompañé a desayunar, su desayuno simple que no había cocinado yo.  Cuando se fue, me subí a la banda de caminar a terminar mis pasos del día.

Pasé la mañana con mi pequeña en el salón de belleza y de compras y la pasamos felices.  Almorzamos de la lonchera, lo mismo, las dos, acompañadas de un delicioso café en un restaurante.  A la tarde, fueron regresando todos.  Compartimos fruta y café mientras vimos tele juntos. 

En esta casa, no solo mi figura está cambiando, y eso me hace feliz.  Mi familia también se merece un huevo de fabergé, por hacerme ganas en este importante cambio.

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