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Las tripas y el despertador


Iba en el carro, manejando, cuando mis tripas me reclamaron comida. Vi el reloj… justo a tiempo. Con una sonrisa extendí la mano, abrí mi lonchera y saqué una manzana. Hora de comer.

Ahora esto se me hace de lo más natural, y parece muy lejano el día aquél en el que puse por primera vez alarmas cada tres horas para recordarme que debía comer, y que me encontré con la noción de que no debía salir de casa sin mi lonchera. Ahora planifico mis días, y voy preparada para lo que sea. Ya no necesito las alarmas de comida porque créanme, la panza sabe mejor que la cabeza cuándo le toca comer, y me lo dice con exigencia.

Todo fue muy mecánico: crujido de tripas, ver la hora, sacar la manzana y comerla. Entonces pensé como esta forma de comer se asemeja a la relación con el despertador y el sueño.

Cuando suena el despertador, podemos apagarlo inmediatamente, levantarnos y empezar el día, sin enredarnos. Si lo hacemos así, lo más probable es que el día fluya lo mejor posible. Otra opción sería somatarlo, taparnos la cabeza y dormir un ratito más. Casi seguramente ese ratito acabaría con un susto al darnos cuenta que se nos pegaron las chamarras y es hora de brincar de la cama y hacer la rutina de la mañana a toda prisa para no llegar tarde. Quizás si es domingo podríamos elegir no poner alarma y levantarnos cuando nos da la gana. Existe también el caso de que decidiéramos no levantarnos un día, y luego otro, y luego otro hasta que alguien nos hiciera abrir los ojos al preguntarnos, y tú, ¿por qué estás deprimido?

Con la comida sucede algo parecido: podemos comer lo que nos hace bien cuando toca, o podemos descuidarnos un poquito y desestabilizar el cuidado del día. Llegará el momento en el que podamos darnos el lujo de comer lo que nos venga en gana, al menos durante un tiempo de comida, y no pasará nada malo. También podríamos elegir no hacer caso y comer lo que nos de la gana hasta encontrarnos enfermos de sobrepeso o de obesidad.

Pensándolo bien, apegarnos con disciplina a la rutina que libremente elegimos no está tan mal después de todo: evitamos sobresaltos, deterioro y complicaciones.

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