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Golpe traicionero

May 28, 2019

El plan estaba listo: antes del 1 de junio, llegaría a mi rango, tonificaría los  músculos de los brazos y me animaría  a lucir el vestido que yo quería, durante la fiesta de graduación de mi hija. Era una meta importante que veía como mi examen final: conquistar la última frontera de mi aprendizaje para poder estar bien. Lazar el rango, zamparme adentro y quedarme allí.  Mi hija se graduaría del colegio y yo también de mis tribulaciones de no terminar con el adelgazamiento, y ambas estaríamos listas para lo siguiente que nos propusiéramos en la vida.

Las cosas iban como lo planeé.  La semana pasada logré finalmente estar en el peso que debía y no te lo conté por miedo a echarlo a perder.  Me duró un día, luego dos, luego tres.  No llegó fácilmente: lo busqué.  Lo perseguí con continuidad en mi estilo de comer y de hacer ejercicio y le agregué un elemento sorpresa: una sesión de terapia con una coach que me ayudó a tratar unos mis asuntitos pendientes. La combinación de esos tres elementos hizo su magia.  Qué rico es cuando las cosas funcionan como uno quiere, porque has aprendido a hacerlas funcionar artificialmente si la naturaleza no te lo dio de gratis.

Las cosas cambiaron al tercer día.  Iba con mi perra caminando por la calle, como siempre,  cuando de repente, mis piernas volaron hacia arriba, como magia, y caí de espaldas con un golpe seco en el suelo.  Cuando abrí los ojos me dolía todo.  Ni la vergüenza me hizo levantarme.  Me quedé allí un rato y luego llamé a la ambulancia.  Gracias a Dios no me quebré cola, y esto no fue más que un espasmo –bestial- pero un espasmo.

Muy zen yo, me fui al hospital con mi pachón de agua y mi manzana.  Pero las ideas del doctor me desconcentraron,

 –Voy a ponerle este medicamento en un suero- me dijo.

-¡Noooooooooo! Póngame inyección, pastilla, lo que sea, pero suero no!- le dije. 

Me vio con ojos de plato y me increpó:

-¿Por qué suero no?

Vi al suelo y confesé: -Porque me va a engordar.

El médico debe haber creído que lidiaba con una loca. Claro que me dejé poner el suero, pero fui perdiendo el control de mi cabeza mientras refunfuñaba: “para engordarme por un pinche suero, habría preferido un helado de esos que no como nunca.  Y si es suero de solución salina, habría preferido un jugo de tomate preparado, para gozarme el menos el motivo de la retención de líquidos.” 

Quizá debí haber sabido que la cosa se me estaba desbordando cuando me entró ataque de risa incontenible en plena sala de emergencias, porque literalmente no podía moverme sin sentir sablazos de dolor.

Ese día cuidé bien mi alimentación, pero aún así, al día siguiente la pesa me marcó tres libras de más, el ánimo se me fue a pique y los antojos empezaron a aparecer. Al carajo se fue mi rango, sin posibilidades de hacer ejercicio justo en la recta final de mi plan maestro. Y así, más que la cola, me rompí el estado de ánimo.  He estado envuelta en una nube de emociones de enojo, tristeza, desánimo y rebeldía que me dificultan ser como yo intento todos los días.  Empecé con probaditas de antojos, permisitos. Me está costando vaciar la energía de toda esa emocionalidad trastornada.  Estoy adolorida, claro, pero hay algo más.

Una nueva plática con mi coach me hizo descubrir algo interesante: Hago todo lo posible por ser como quiero ser, pero ¿Qué pasa cuando las cosas no van como yo quiero?  No me sale fácil. Me rebelo.  Me cuesta. Vuelvo a mis instintos naturales de querer sobrellevar la situación aflojando la disciplina y tratarme con amor (o sea, con chocolates).

Según yo, aprendí a cuidarme siempre, pero todoterreno significa en todo momento, en todo lugar y en toda circunstancia.  Allí caí en cuenta que esta es una nueva circunstancia, donde por mucho que me esfuerce, las cosas no son como quiero. Toca asumir el dolor con elegancia, tomar medicamentos, dejar de hacer ejercicio, bajarme de los tacones, hacer reposo, pedir ayuda, y estar agradecida de que no me haya ido peor, sin perder el sentido del humor.

Y ahora…¿también quieres cuidarte?, me pregunta la vida.  Sonrío, porque entendí mi lección.  No, no quiero cuidarme hoy. Quiero hacer berrinche, consentirme y jugar de que no hay consecuencias. Pero me voy a cuidar, porque es lo que me toca aprender y trataré de estar en paz, porque es lo que me conviene.

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